domingo, 27 de noviembre de 2011

miércoles, 10 de agosto de 2011

La hiper-opulencia Sergio Melnick en Revista Capital Nº 251 (junio 2011)


La economía entre 1950 y 2000 se expandió unas 50 veces, mientras la población se duplicó. El mundo es 25 veces más rico. Esta afluencia plantea la paradoja de que es imposible dejar de seguir creciendo, aunque la naturaleza no alcance para proveer las necesidades futuras de la población.
Lo que hemos apreciado en el siglo XX e inicios del siglo XXI es la masificación de la opulencia. No es que haya mejorado la distribución del ingreso, quizás es justo al revés. De hecho, el 1% es dueño del 40% de la riqueza total. Más de un tercio de los más ricos del mundo vive en Estados Unidos; un 27% en Japón; 8% en Alemania; 6% en Gran Bretaña, 5% en Francia y un 4% en China. Ahí está lo que podemos llamar la hiper-opulencia y la mayor extravagancia.
Por ejemplo, hay relojes de pulsera que pueden costar hasta 1,5 millones de dólares, zapatos con diamantes de 2 millones de dólares. La villa La Leopolda en Niza, de Roman Abramovich, cuesta unos 400 millones de dólares y cuenta con 50 jardineros. La casa de Donald Trump está avaluada en 125 millones de dólares. Motocicletas de producción normal, que andan a más de 300 kilómetros por hora, y muchos modelos de autos que superan los 500 mil dólares… Hay muchas joyas de más de 10 millones de dólares. Carteras de mujer de 250 mil dólares y más. Montblanc y Van Cleef & Arpels se asociaron para vender una pluma de más de 700 mil dólares, que demora más de un año en producirse por artesanos sofisticados. Pero hay varias que están en el rango de 40 a 50 mil dólares y hay una que supera los 1,5 millones de dólares: la Aurora Diamante, con 30 kilates en ella. Hay mascotas exóticas de hasta 60 mil dólares en el caso de chimpancés, o serpientes de 20 mil dólares. Todo esto, alguien lo compra.
Eso es extravagante, por decir lo menos; es el hiperconsumo.
El producto por persona en el mundo es alrededor de los 9 mil dólares. Luxemburgo es el país con mayor nivel, con un ingreso de 90 mil dólares por persona. Estados Unidos está más o menos en la mitad; Chile, en unos 15 mil dólares y los más pobres, como Etiopía y Burundi, con menos de 200 dólares por persona. Si lo miramos en el tiempo, en 1960 el país de mayor ingreso por persona era Estados Unidos y no llegaba a los 3 mil dólares. Luxemburgo era el 4°, con unos 2.300 dólares. Chile tenía 550 dólares por persona y los más pobres eran Malawi, Ruanda y Lesoto, que no llegaban a los 50 dólares por persona.
Lo que está ocurriendo en el siglo XXI es que muchas de las cosas que antes eran un lujo hoy son de acceso casi universal, o está en camino de serlo, porque sus precios han caído de manera francamente increíble. Entre 1960 y hoy, Chile y Angola doblaron su consumo de carne por persona; Brasil, incluso más, al igual que Belice y Ecuador. El hecho es que aumentó en casi todos los países del mundo. El consumo medio mundial de carne supera los 40 kilos al año –en los países desarrollados bordea los 80–. En Australia es de unos 110 kilos, mientras Luxemburgo y Nueva Zelandia andan alrededor de los 150 kilos de carne por persona al año.
Entre 1975 y el 2007, el consumo de café aumentó en un 20%, llegando a 1,3 kg/persona al año. Finlandia es el mayor consumidor de café del mundo y supera los 12 kg/ persona al año. Chile toma un poco menos de 1 kg promedio al año (0,8).


La economía entre 1950 y 2000 se expandió unas 50 veces, mientras la población se duplicó. El mundo es muchísimo más rico –de hecho, 25 veces más rico–, descontando la población. Esa es la base de la afluencia mundial, al margen de la distribución que, como hemos señalado, es muy desigual. Pero los ricos son cada vez más sofisticados, y buscan una nueva extravagancia, dejando de lado lo que antes lo fue. Esa “economía” que van abandonando se va –necesariamente– masificando.


Esta es una civilización claramente materialista o consumista; digamos, por oposición a una de carácter más espiritual o mágica. El mundo tiene hoy un automóvil cada 10 personas, un computador cada tres, un celular cada dos. Ni hablar de lavadoras, televisores, radios, relojes, microondas, DVD, y tantas otras tecnologías. Hace algunos años, muchas de esas tecnologías eran elitistas. Sólo piense por un instante lo que ha pasado con las industrias de cosméticos, perfumes, desodorantes, alimentos de mascotas, helados y refrescos, relojes, vestuario, entretención, deportes, cigarrillos, bebidas alcohólicas, viajes y turismo masivo. Todas, industrias que son obviamente “accesorias” para la vida humana y que se propagan como plagas por el mundo. Cerca de un 17% de la población mundial tiene sobrepeso; es decir, unos 1.200 millones de personas, ¿De qué otra manera podríamos interpretar todo esto, sino como formas de afluencia y consumismo? Para que exista consumismo debe haber demanda.


Esas cifras, en la tendencia actual, sólo van a aumentar, y de manera cada vez más veloz. Hay países, como Chile, que ya tienen más de un celular promedio por persona. Más allá de lo anecdótico, lo importante es entender la enorme maquinaria tecnológica que hay detrás, y que es muy difícil de parar.
El costo de detener la afluencia es quizás desastroso en vidas humanas, ya que la población es demasiada y requiere de esa infraestructura tecnológica global. La naturaleza no alcanza para proveer a esas cantidades de población, ni tampoco para darles empleo.
La sola incorporación de China a la carrera del consumo ha mantenido los precios de los commodities altos y eso seguirá de manera creciente si China sigue creciendo. Si a ello le sumamos la India y otros países asiáticos, la presión es simplemente enorme. China es hoy uno de los principales productores del mundo en muchos temas. Genera ciencia y tecnología propia de calidad. De hecho, es ya la segunda economía del mundo tras Estados Unidos. Y ello, con los niveles mundiales más grandes de pobreza e inequidad. ¿Qué pasaría si se detiene su crecimiento? ¿Qué pasará si sigue creciendo como en la última década? El mundo genera hoy unos 100 millones de toneladas de productos del mar (a consumo directo), de los cuales Japón consume el 10%. Si China quisiera ser como Japón (que ciertamente lo quiere), el problema pasa a ser grave. China usa unos 35 kilos de papel por persona promedio. Estados Unidos, 350 kilos. Si China va hacia los estándares de EEUU, no hay producción mundial posible: los bosques se acaban de inmediato.
Todo esto configura el síndrome de la bicicleta. Lo único que se no se puede hacer es dejar de pedalear. Hay que seguir pedaleando para no caerse. Dicho de otro modo: mientras más rápido se mueve la sociedad, más errores comete y más expectativas genera, y por ello la única posibilidad de sobrevivir es aumentar aún más la velocidad para tapar dichos errores. Parte de esto tiene que ver con la manera en que se ha expandido el conocimiento. Cuando pasamos de una lógica puramente deductiva, en que se avanza muy lento porque todo debe ser absolutamente coherente, a una inductiva basada en probabilidades, es como sacar el freno de mano en la cuesta. Cuando aceptamos verdades probabilísticas, estamos aceptando mucho error, y la respuesta natural es la velocidad para cubrirlos.
Pero la aceleración no puede continuar de manera indefinida. En algún momento explota, revienta. Esa es una de las grandes dudas del siglo XXI. La literatura reporta ampliamente el riesgo de extinciones masivas que enfrenta la civilización actual y que deriva de esta afluencia creciente y su impacto en la Tierra. A la tasa actual de uso del medio ambiente, sólo nos queda “naturaleza” productiva para 50 o 100 años, a lo más. Todo entonces será tecnológico.
Esta situación afecta al mundo como un todo. No hay soluciones locales relevantes. La globalización es inevitable, necesaria y, residualmente entonces, Matrix está ya a la vista.

martes, 31 de mayo de 2011

Dónde ver, dónde buscar

Aquí una lista de recursos que pueden servir como punto de partida a tu búsqueda de material:

1. Un sitio con la historia del automóvil 

2. Recta de tiempo sobe la historia del automóvil en el mundo. PINCHA AQUÍ 

3. Una buena historia del JAZZ con muchas fotos 

4. Más Historia del Jazz 

5. Una recta de tiempo con la historia del Jazz, todos los músicos, toda la música PINCHA AQUÍ 

6. Buen sitio de Historia del siglo XX 

7. Si tu interés es la moda femenina AQUÍ es donde hay que ir 

8. Otro Museo de la Moda femenina 

9. Un Museo del Traje, especializado en el período que estudiamos 

10. La Gran historia de las mujeres SUFRAGISTAS 

11. Un buen sitio con la historia del siglo XX con fotos y discursos. 

12. El Museo de la Coca Cola para obtener ideas para comerciales 

13. El Avión, el invento del siglo XX en un sitio que lo desarrolla con fotos 

El perìodo de entre guerras en palabras simples

Cuando la Primera Guerra Mundial concluyó, las personas dieron la espalda a sus problemas y decidieron que debían olvidar sus suifrimientos y tratar de ser felices más allá de lo que había ocurrido. Las fiestas, el charleston, el jazz, las grandes bandas de música se hicieron populares lo mismo que la radio. Eran los locos años veinte.

Siguieron luego de esos años de música y locura el despertar de los derechos de las mujeres, que ya habían trabajado en lugar de los hombres en las mismas fábricas que ellos habían hecho antes de la guerra. Pidieron participación del mercado laboral y salieron a trabajar, exigieron igualdad civil y se organizaron en los famosos grupos sufragistas para lograr el derecho a voto. Eran las primeras décadas de los años veinte y treinta.
Pero no todo fue alegría, la crisis de 1929 que estalló en los Estados Unidos se propagó por todo el mundo provocando grandes tasas de desempleo y crisis empresariales. La crisis económica fue tan grande que incluso puso en cuestión a la propia democracia como modelo de organización y gestión de conflictos.

La gran depresión económica de 1929 terminó con la ascención al poder de gobiernos totalitarios como el nazismo alemán y el fascismo italiano que pusieron fin a los sitemas democráticos e hicieron estallar la Segunda Guerra Mundial.
Tú trabajo de investigación recién comienza. Construye el sentido general del siglo. Buena suerta!

sábado, 29 de enero de 2011

Historia del Siglo XX: Eric Hobsbawm (Introducción, pasajes seleccionados)



 
1. La destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores, es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo XX. En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres, de este final de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven. Esto otorga a los historiadores, cuya tarea consiste en recordar lo que otros olvidan, mayor trascendencia que la que han tenido nunca, en estos arios finales del segundo milenio. Pero por esa misma razón deben ser algo más que simples cronistas, recordadores y compiladores, aunque esta sea también una función necesaria de los historiadores. En 1989, todos los gobiernos, y especialmente todo el personal de los ministerios de Asuntos Exteriores, habrían podido asistir con provecho a un seminario sobre los acuerdos de paz posteriores a las dos guerras mundiales, que al parecer la mayor parte de ellos habían olvidado. 




2. ¿Cómo hay que explicar el siglo XX corto, es decir, los años transcurridos desde el estallido de la primera guerra mundial hasta el hundimiento de la URSS, que, como podemos apreciar  retrospectivamente, constituyen un período histórico coherente que acaba de concluir? Ignoramos qué ocurrirá a continuación y cómo será el tercer milenio, pero sabemos con certeza que será el siglo XX el que le habrá dado forma. Sin embargo, es indudable que en los años finales de la década de 1980 y en los primeros de la de 1990 terminó una época de la historia del mundo para comenzar otra nueva. Esa es la información esencial para los historiadores del siglo .. . En este libro, el siglo XX aparece estructurado como un tríptico. A una época de catástrofes, que se extiende desde 1914 hasta el fin de la segunda guerra mundial, siguió un período de 25  o 30 años de extraordinario crecimiento económico y transformación social, que probablemente transformó la sociedad humana más profundamente que cualquier otro período de duración similar. Retrospectivamente puede ser considerado como una especie de edad de oro, y de hecho así fue calificado apenas concluido, a comienzos de los años setenta. La última parte del siglo fue una nueva era de  descomposición, incertidumbre y crisis y, para vastas zonas del mundo como África, la ex Unión Soviética y los antiguos países socialistas de Europa, de catástrofes. Cuando el decenio de 1980 dio paso al de 1990, quienes reflexionaban sobre el pasado y el futuro del siglo lo hacían desde una perspectiva fin de siècle cada vez más sombría.


3. …[El siglo XX] …Comienza con la primera guerra mundial, que marcó el derrumbe de la civilización (occidental) del siglo XIX. Esa civilización era capitalista desde el punto de vista económico, liberal en su estructura jurídica y constitucional, burguesa por la imagen de su clase hegemónica característica y brillante por los adelantos alcanzados en el ámbito de la ciencia, el conocimiento y la educación, así como del progreso material y moral. Además, estaba profundamente convencida de la posición central de Europa, cuna de las revoluciones científica, artística, política e industrial, cuya economía había extendido su influencia sobre una gran parte del mundo, que sus ejércitos habían conquistado y subyugado, cuya población había crecido hasta constituir una tercera parte de la raza humana (incluida la poderosa y creciente corriente de emigrantes europeos y sus descendientes), y cuyos principales estados constituían el sistema de la política mundial.





4. Los decenios transcurridos desde el comienzo de la primera guerra mundial hasta la conclusión de la segunda fueron una época de catástrofes para esta sociedad, que durante cuarenta años sufrió una serie de desastres sucesivos… Sus cimientos fueron quebrantados por dos guerras mundiales, a las que siguieron dos oleadas de rebelión y revolución generalizadas, que situaron en el poder a un sistema que reclamaba ser la alternativa, predestinada históricamente, a la sociedad burguesa y capitalista, primero en una sexta parte de la superficie del mundo y, tras la segunda guerra mundial, abarcaba a más de una tercera parte de la población del planeta. Los grandes imperios coloniales que se habían formado antes y durante la era del imperio se derrumbaron y quedaron reducidos a cenizas. La historia del imperialismo moderno, tan firme y tan seguro de sí mismo a la muerte de la reina Victoria de Gran Bretaña, no había durado más que el lapso de una vida humana (por ejemplo, la de Winston Churchill, 1874-1965). Pero no fueron esos los únicos males. En efecto, se desencadenó una crisis económica mundial de una profundidad sin   precedentes que sacudió incluso los cimientos de las más sólidas economías capitalistas y que pareció que podría poner fin a la economía mundial global, cuya creación había sido un logro del capitalismo liberal del siglo XIX. Incluso los Estados Unidos, que no habían sido afectados por la guerra y la revolución, parecían al borde del colapso. Mientras la economía se tambaleaba, las instituciones de la democracia liberal desaparecieron prácticamente entre 1917 y 1942, excepto en una pequeña franja de Europa y en algunas partes de América del Norte y de Australasia, como consecuencia del avance del fascismo y de sus movimientos y regímenes autoritarios satélites.

Sólo la alianza —insólita y temporal— del capitalismo liberal y el comunismo para hacer frente a ese desafío permitió salvar la democracia, pues la victoria sobre la Alemania de Hitler fue esencialmente obra del ejército rojo.


5. El principal interrogante al que deben dar respuesta los historiadores del siglo XX es cómo y por qué tras la segunda guerra mundial el capitalismo inició —para sorpresa de todos— la edad de oro, sin precedentes y tal vez anómala, de 1947-1973. No existe todavía una respuesta que tenga un consenso general y tampoco yo puedo aportarla. Probablemente, para hacer un análisis más convincente habrá que esperar hasta que pueda apreciarse en su justa perspectiva toda la «onda larga» de la segunda mitad del siglo XX. Aunque pueda verse ya la edad de oro como un período definido, los decenios de crisis que ha conocido el mundo desde entonces no han concluido todavía cuando se escriben estas líneas. Ahora bien, lo que ya se puede evaluar con toda certeza es la escala y el impacto extraordinarios de la transformación económica, social y cultural que se produjo en esos años: la mayor, la más rápida y la más decisiva desde que existe el registro histórico… Probablemente, quienes durante el tercer milenio escriban la historia del siglo XX considerarán que ese período fue el de mayor trascendencia histórica de la centuria, porque en él se registraron una serie de cambios profundos e irreversibles para la vida humana en todo el planeta. Además, esas transformaciones aún no han concluido.



6. … es importante recordar que la repercusión más importante y duradera de los regímenes inspirados por la revolución de octubre fue la de haber acelerado poderosamente la modernización de países agrarios atrasados. Sus logros principales en este contexto coincidieron con la edad de oro del capitalismo. No es este el lugar adecuado para examinar hasta qué punto las estrategias opuestas para enterrar el mundo de nuestros antepasados fueron efectivas o se aplicaron conscientemente. Como veremos, hasta el inicio de los años sesenta parecían dos fuerzas igualadas, afirmación que puede parecer ridícula a la luz del hundimiento del socialismo soviético, aunque un primer ministro británico que conversaba con un presidente norteamericano veía todavía a la URSS como un estado cuya «boyante economía... pronto superará a la sociedad capitalista en la carrera por la riqueza material»

7. Aunque el hundimiento del socialismo soviético —y sus consecuencias, trascendentales y aún incalculables, pero básicamente negativas— fue el acontecimiento más destacado en los decenios de crisis que siguieron a la edad de oro, serían estos unos decenios de crisis universal o mundial. La crisis afectó a las diferentes partes del mundo en formas y grados distintos, pero afectó a todas ellas, con independencia de sus configuraciones políticas, sociales y económicas, porque la edad de oro había creado, por primera vez en la historia, una economía mundial universal cada vez más integrada cuyo funcionamiento trascendía las fronteras estatales y, por tanto, cada vez más también, las fronteras de las ideologías estatales. Por consiguiente, resultaron debilitadas las ideas aceptadas de las instituciones de todos los regímenes y sistemas. Inicialmente, los problemas de los años setenta se vieron sólo como una pausa temporal en el gran salto adelante de la economía mundial y los países de todos los sistemas económicos y políticos trataron de aplicar soluciones temporales. Pero gradualmente se hizo patente que había comenzado un período de dificultades duraderas y los países capitalistas buscaron soluciones radicales, en muchos casos ateniéndose a los principios enunciados por los teólogos seculares del mercado libre sin restricción alguna, que rechazaban las políticas que habían dado tan buenos resultados a la economía mundial durante la edad de oro pero que ahora parecían no servir. Pero los defensores a ultranza del laissez faire no tuvieron más éxito que los demás. En el decenio de 1980 y los primeros años del de 1990, el mundo capitalista comenzó de nuevo a tambalearse abrumado por los mismos problemas del período de entreguerras que la edad de oro parecía haber superado: el desempleo masivo, graves depresiones cíclicas y el enfrentamiento cada vez más encarnizado entre los mendigos sin hogar y las clases acomodadas, entre los ingresos limitados del estado y un gasto público sin límite.

8. ¿Qué paralelismo puede establecerse entre el mundo de 1914 y el de los años noventa? Éste cuenta con cinco o seis mil millones de seres humanos, aproximadamente tres veces más que al comenzar la primera guerra mundial, a pesar de que en el curso del siglo XX se ha dado muerte o se ha dejado morir a un número más elevado de seres humanos que en ningún otro período de la historia. Una estimación reciente cifra el número de muertes registrado durante la centuria en 187 millones de personas (Brzezinski, 1993), lo que equivale a más del 10 por 100 de la población total del mundo en 1900. La mayor parte de los habitantes que pueblan el mundo en el decenio de 1990 son más altos y de mayor peso que sus padres, están mejor alimentados y viven muchos más años, aunque las catástrofes de los años ochenta y noventa en África, América Latina y la ex Unión Soviética hacen que esto sea difícil de creer. El mundo es  incomparablemente más rico de lo que lo ha sido nunca por lo que respecta a su capacidad de producir bienes y servicios y por la infinita variedad de los mismos. De no haber sido así habría resultado  imposible mantener una población mundial varias veces más numerosa que en cualquier otro período de la historia del mundo. Hasta el decenio de 1980, la mayor parte de la gente vivía mejor que sus padres y, en las economías avanzadas, mejor de lo que nunca podrían haber imaginado. Durante algunas décadas, a mediados del siglo, pareció incluso que se había encontrado la manera de distribuir entre los trabajadores de los países más ricos al menos una parte de tan enorme riqueza, con un cierto sentido de justicia, pero al terminar el siglo predomina de nuevo la desigualdad. Ésta se ha enseñoreado también de los antiguos  países «socialistas», donde previamente reinaba una cierta igualdad en la pobreza. La humanidad es mucho más instruida que en 1914. De hecho, probablemente por primera vez en la historia puede darse el calificativo de alfabetizados, al menos en las estadísticas oficiales, a la mayor parte de los seres humanos. Sin embargo, en los años finales del siglo es mucho menos patente que en 1914 la trascendencia de ese logro, pues es enorme, y cada vez mayor, el abismo existente entre el mínimo de competencia necesario para ser calificado oficialmente como alfabetizado (frecuentemente se traduce en un «analfabetismo  funcional») y el dominio de la lectura y la escritura que aún se espera en niveles más elevados de instrucción.

9. El mundo está dominado por una tecnología revolucionaria que avanza sin cesar, basada en los progresos de la ciencia natural que, aunque ya se preveían en 1914, empezaron a alcanzarse mucho más tarde. La consecuencia de mayor alcance de esos progresos ha sido, tal vez, la revolución de los sistemas de transporte y comunicaciones, que prácticamente han eliminado el tiempo y la distancia. El mundo se ha transformado de tal forma que cada día, cada hora y en todos los hogares la población común dispone de más información y oportunidades de esparcimiento de la que disponían los emperadores en 1914. Esa tecnología hace posible que personas separadas por océanos y continentes puedan conversar con sólo pulsar unos botones y ha eliminado las ventajas culturales de la ciudad sobre el campo.

10. ¿Cómo explicar, pues, que el siglo no concluya en un clima de triunfo, por ese progreso extraordinario e inigualable, sino de desasosiego? ¿Por qué, como se constata en la introducción de este capítulo, las reflexiones de tantas mentes brillantes acerca del siglo están teñidas de insatisfacción y de desconfianza hacia el futuro? No es sólo porque ha sido el siglo más mortífero de la historia a causa de la envergadura, la frecuencia y duración de los conflictos bélicos que lo han asolado sin interrupción (excepto durante un breve período en los años veinte), sino también por las catástrofes humanas, sin parangón posible, que ha causado, desde las mayores hambrunas de la historia hasta el genocidio sistemático. Como este siglo nos ha enseñado que los seres humanos pueden aprender a vivir bajo las condiciones más brutales y  teóricamente intolerables, no es fácil calibrar el alcance del retorno (que lamentablemente se está produciendo a ritmo acelerado) hacia lo que nuestros antepasados del siglo XIX habrían calificado como niveles de barbarie.


11. Y sin embargo, a la hora de hacer un balance histórico, no puede compararse el mundo de finales del siglo XX con el que existía a comienzos del período. Es un mundo cualitativamente distinto, al menos en tres aspectos.



a. En primer lugar, no es ya eurocéntrico. A lo largo del siglo se ha producido la decadencia y la caída de Europa, que al comenzar el siglo era todavía el centro incuestionado del poder, la riqueza, la inteligencia y la «civilización occidental». Los europeos y sus descendientes han pasado de aproximadamente 1/3 a 1/6, como máximo, de la humanidad. Son, por tanto, una minoría en disminución que vive en unos países con un ínfimo, o nulo, índice de reproducción vegetativa y la mayor parte de los cuales —con algunas notables excepciones como la de los Estados Unidos (hasta el decenio de 1990) — se protegen de la presión de la inmigración procedente de las zonas más pobres. Las industrias que Europa inició emigran a otros continentes y los países que en otro tiempo buscaban en Europa, al otro lado de los océanos, el  punto de referencia, dirigen ahora su mirada hacia otras partes. Australia, Nueva Zelanda e incluso los Estados Unidos (país bioceánico) ven el futuro en el Pacífico, si bien no es fácil decir qué significa eso exactamente. Las «grandes potencias» de 1914, todas ellas europeas, han desaparecido, como la URSS, heredera de la Rusia zarista, o han quedado reducidas a una magnitud regional o provincial, tal vez con la excepción de Alemania. El mismo intento de crear una «Comunidad Europea» supranacional y de inventar un sentimiento de identidad europeo correspondiente a ese concepto, en sustitución de las viejas lealtades a las naciones y estados históricos, demuestra la profundidad del declive.

Ya en 1914 los Estados Unidos eran la principal economía industrial y el principal pionero, modelo y fuerza impulsora de la producción y la cultura de masas que conquistaría el mundo durante el siglo XX. Los Estados Unidos, pese a sus numerosas peculiaridades, son la prolongación, en ultramar, de Europa y se alinean junto al viejo continente para constituir la «civilización occidental».



b. La segunda transformación es más significativa. Entre 1914 y el comienzo del decenio de 1990, el mundo ha avanzado notablemente en el camino que ha de convertirlo en una única unidad operativa, lo  que era imposible en 1914. De hecho, en muchos aspectos, particularmente en las cuestiones económicas, el mundo es ahora la principal unidad operativa y las antiguas unidades, como las «economías nacionales», definidas por la política de los estados territoriales, han quedado reducidas a la condición de complicaciones de las actividades transnacionales. Tal vez, los observadores de mediados del siglo XXI considerarán que el estadio alcanzado en 1990 en la construcción de la «aldea global» —la expresión fue acuñada en los años sesenta (Macluhan, 1962) — no es muy avanzado, pero lo cierto es que no sólo se  han transformado ya algunas actividades económicas y técnicas, y el funcionamiento de la ciencia, sino también importantes aspectos de la vida privada, principalmente gracias a la inimaginable aceleración de las comunicaciones y el transporte. Posiblemente, la característica más destacada de este período final del siglo XX es la incapacidad de las instituciones públicas y del comportamiento colectivo de los seres humanos de estar a la altura de ese acelerado proceso de mundialización. Curiosamente, el comportamiento individual del ser humano ha tenido menos dificultades para adaptarse al mundo de la televisión por satelite, el correo electrónico, las vacaciones en las Seychelles y los trayectos  transoceánicos.



c. La tercera transformación, que es también la más perturbadora en algunos aspectos, es la desintegración de las antiguas pautas por las que se regían las relaciones sociales entre los seres humanos y, con ella, la ruptura de los vínculos entre las generaciones, es decir, entre pasado y presente. Esto es sobre todo evidente en los países más desarrollados del capitalismo occidental, en los que han alcanzado una posición preponderante los valores de un individualismo asocial absoluto, tanto en la ideología oficial como privada, aunque quienes los sustentan deploran con frecuencia sus consecuencias sociales. De cualquier forma, esas tendencias existen en todas partes, reforzadas por la erosión de las sociedades y las  religiones tradicionales y por la destrucción, o autodestrucción, de las sociedades del «socialismo real».



12. En la práctica, la nueva sociedad no ha destruido completamente toda la herencia del pasado, sino que la ha adaptado de forma selectiva
 




DOCE PERSONAS REFLEXIONAN SOBRE EL SIGLO XX


 Isaiah Berlin (filósofo, Gran Bretaña): «He vivido durante la mayor parte del siglo XX sin haber experimentado —debo decirlo— sufrimientos personales. Lo recuerdo como el siglo más terrible de la historia occidental».






  
Julio Caro Baroja (antropólogo, España): «Existe una marcada contradicción entre la trayectoria vital individual —la niñez, la juventud y la vejez han pasado serenamente y sin grandes sobresaltos— y los hechos acaecidos en el siglo XX... los terribles acontecimientos que ha vivido la humanidad».


  

 








  
 Primo Levi (escritor, Italia): «Los que sobrevivimos a los campos de concentración no somos verdaderos testigos. Esta es una idea incómoda que gradualmente me he visto obligado a aceptar al leer lo que han escrito otros supervivientes, incluido yo mismo, cuando releo mis escritos al cabo de algunos años. Nosotros, los supervivientes, no somos sólo una minoría pequeña sino también anómala. Formamos parte de aquellos que, gracias a la prevaricación, la habilidad o la suerte, no llegamos a tocar fondo. Quienes lo hicieron y vieron el rostro de la Gorgona, no regresaron, o regresaron sin palabras». 












René Dumont (agrónomo, ecologista, Francia): «Es simplemente un siglo de matanzas y de guerras».










 



Rita Levi Montalcini (premio Nobel, científica, Italia): «Pese a todo, en este siglo se han registrado revoluciones positivas... la aparición del cuarto estado y la promoción de la mujer tras varios siglos de represión». 










William Golding (premio Nobel, escritor, Gran Bretaña): «No puedo dejar de pensar que ha sido el siglo más violento en la historia humana».










Ernst Gombrich (historiador del arte, Gran Bretaña): «La principal característica del siglo XXes la terrible multiplicación de la población mundial. Es una catástrofe, un desastre y no sabemos cómo atajarla».











Yehudi Menuhin (músico, Gran Bretaña): «Si tuviera que resumir el siglo XX, diría que despertó las mayores esperanzas que haya concebido nunca la humanidad y destruyó todas las ilusiones e ideales».








Severo Ochoa (premio Nobel, científico, España): «El rasgo esencial es el progreso de la ciencia, que ha sido realmente extraordinario... Esto es lo que caracteriza a nuestro siglo».








Raymond Firth (antropólogo, Gran Bretaña): «Desde el punto de vista tecnológico, destaco el desarrollo de la electrónica entre los acontecimientos más significativos del siglo XX; desde el punto de vista de las ideas, el cambio de una visión de las cosas relativamente racional y científica a una visión no racional y menos científica».








Leo Valiani (historiador, Italia): «Nuestro siglo demuestra que el triunfo de los ideales de la justicia y la igualdad siempre es efímero, pero también que, si conseguimos preservar la libertad, siempre es posible comenzar de nuevo... Es necesario conservar la esperanza incluso en las situaciones más desesperadas».









Franco Venturi (historiador, Italia): «Los historiadores no pueden responder a esta cuestión. Para mí, el siglo XX es sólo el intento constantemente renovado de comprenderlo».